
Se llamaba Soledad y estaba sola,
como un puerto maltratado por las olas,
coleccionaba mariposas tristes,
direcciones de calles que no existen.
Pero tuvo el antojo de jugar
a hacer conmigo una excepción y,
primero, nos fuimos a bailar y,
en mitad de un "te quiero" me olvidó.
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